Aunque esa mañana, Dani sentía algo diferente. Esa mañana tenía esperanza. Alguien podría decirle que es un iluso o simplemente tonto, pero esa ilusión le ardía en el corazón, por mucho que luchara contra ella. “Quiero volver a verla”, se decía. Intentó coger el mismo tren y estar a la misma hora. No podía equivocarse. En realidad, nunca lo había hecho, pero él quería asegurarse de que estaba a la misma hora en el mismo sitio, para poder encontrarse otra vez con aquella chica tan especial. Pero ese día no apareció. Ni al siguiente. Ni al otro. Y cada día que no la veía, era un día en el que estaba incómodo, en el que no podía dormir, en el que conjeturaba sobre la posibilidad de haberse equivocado de hora y montaba escenarios imaginarios donde sin su odiosa timidez, conseguía hablar con ella y… “Su nombre”, dijo, “¿Cómo se llamará?”. Empezó un pequeño juego donde intentaba ponerle un nombre a aquella cara, a aquellos ojos, pero sin un resultado positivo. Ninguno era bastante convincente. Hasta que un día volvió a verla.
No fue en el vagón del metro, donde la buscó y esperó durante varios días. Varios días es impreciso, Dani los contó: fueron diecisiete días. Sino un sábado por la tarde, sentado en el Starbucks al que solía acudir para leer tranquilamente. Él ya se había hecho con el monopolio del sillón que estaba pegado a la pared, justo enfrente de la ventana, para así poder mirar de vez en cuando al gentío que pasaba sin parar por la transitada calle Arenal. Fue en uno de esos sorbos largos que daba al café, cuando hizo una pequeña pausa para distraer su mente y asimilar lo que estaba leyendo. Esta vez no se quedó mirando a la gente pasando con sus compras por la calle. Miró al grupo de amigos que estaba en la mesa de al lado. Y no, no la encontró allí. Sino el la mesa de la otra esquina, sola, con un cuaderno en la mano, un bolígrafo en la otra y los cascos puestos. “Debería acercarme y preguntarle al menos cómo se llama”, pensó. “Eso acabaría con días de tortura, pero no sería ‘normal’”. “Hola, ¿cómo te llamas? Vale, solo quería saber tu nombre. Qué idiota sería”.
Dani recordó las miles de historias que había leído, en algunas de ellas había amor y romances. Aquellos caballeros que luchaban en las guerras más duras y se enfrentaban a las bestias mas fieras, y sabían qué decir en el momento de encontrarse con su amada. Aquellos encantadores personajes que sabían cómo conquistar a la chica que les gustaba con la idea más original, de la forma más espectacular posible. Él tenía ‘curiosidad’, que era lo que lo impulsaba. Pero también tenía vergüenza, que parecía aun mas fuerte. Al fin, sin saber cómo ni por qué, decidió levantarse y acercarse a ella. “Cualquier excusa será buena: qué escribes, qué escuchas, qué bebes”, pensaba.
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