martes, 16 de agosto de 2011

C-0

El claxon del coche de atrás, que avisaba de que el semáforo ya estaba en verde, hizo reaccionar a Víctor. Estaba algo nervioso. En realidad estaba muy nervioso y tenía varios motivos. Motivos por los cuales había estado liado todo el día, ni siquiera su casa parecía su casa, ni siquiera él parecía él. Cuando por fin paró el coche, sacó el móvil e hizo una llamada perdida y se quedó mirando perdido el horizonte. Mil cosas pasaban por su cabeza.

“¿Saldrá todo bien? Bueno, no tiene que salir todo perfecto, ya he hecho bastante. Creo que saldrá bien.”

De pronto escuchó dos golpecitos en la ventanilla del copiloto y automáticamente abrió el coche. Era Claudia, quien muy guapa y arreglada y con una dulce sonrisa se acercó y le dio un beso.

- Te dije que te arreglaras, pero estás impresionante.
- No seas tonto. Tú también vas muy bien - le guiñó un ojo - En fin, ¿dónde es ese sitio tan bonito al que me vas a llevar hoy?
- Ah sí... no te lo voy a decir... aún... - arrancó el coche y emprendió su camino - Tengo que pasar por casa antes.

Claudia no paraba de hacerle preguntas sobre el sitio al que irían y el porqué de tanto secretismo de ese día. No le gustaban las sorpresas. Realmente no era así. Le gustaban las sorpresas, lo que no le gustaba era no saber qué iba a pasar. Cuando llegaron Víctor aparcó y le dijo q subiera con él y al llegar a la puerta le dijo:

- ¡Ay! Voy a tener que revelar un poco el secretillo - Claudia miró intrigada - Hay algo en el salón que no puedes ver así que... ¿cuentas hasta diez y entras?
- ¿Qué? - preguntó sorprendida
- En serio. Cuenta hasta diez y entra, ¿vale? - ella asintió.

El corazón de Claudia empezó a latir algo más fuerte. “¿Qué será? Si pudiera entrar ya y verlo”. Pero fue fiel a su palabra y tras diez segundos entró por la puerta y se sorprendió aun más con lo que se encontró. Cerró la puerta y empezó a sonar una música de fondo que provenía del salón. “Nuestra canción”, pensó ella. En el pequeño hall que daba paso al salón, aun con la puerta cerrada, en el suelo se encontró tres pequeños cestos circulares de mimbre con dos pequeñas velas alrededor de cada uno y formaban un pequeño camino hacia la puerta de entrada al salón. Claudia no salía de su asombro y aquello no parecía que fuera simplemente un detalle. Dentro de cada cesto había un pequeño objeto personal. El primero era un osito de peluche que ella le regaló poco después de que se conocieran, de su viaje a Francia. El segundo una carta que Víctor le había escrito en un momento crítico de su relación. Las lágrimas ya empezaban a molestarla, pero ella quería verlo todo con claridad. Al abrir el tercer cesto pudo notar el olor, su olor. Dentro se encontró una pulsera de plata que ella había perdido hacía mucho y que significaba mucho para ella. Y su olor, que la rodeaba. Con aquellos tres objetos en las manos abrió la puerta al salón que estaba algo más iluminado y vió que las sorpresas no habían acabado aún. Se encontró con un salón diferente. “¿Estamos en otra casa?”, se preguntaba. Una habitación casi entera vacía decorada con pequeños detalles que la hacían muy acogedora e íntima, una mesa en medio con dos sillas y justo a su lado estaba la razón por la que brillaba la habitación. Un montón de pétalos de rosa hacían de fina cama para el gran corazón hecho de pequeñas velas rosas y rojas que contenían un mensaje en medio:

“Ojalá viviera para siempre... para estar siempre a tu lado...”

Entonces apareció Víctor desde el otro lado de la habitación algo nervioso aun y se quedó mirando. Ella no dudó en saltar a sus brazos y besarle.

- Entonces, ¿te ha gustado? - preguntó algo sonrojado.
- Me ha encantado - le susurró al oído - No tenías que haber hecho todo esto.
- Quería hacer algo especial.
- Así vas a hacer que no quiera marcharme.
- ¿Lo estoy consiguiendo? - se miraron y rieron - Solo quería que supieras que para mí eres muy especial y este tiempo que hemos pasado juntos ha sido único. Te quiero y aunque vayamos a estar lejos, quiero que recuerdes todos lo que significas para mí.
- Gracias Víctor. Me ha gustado mucho.
- Bueno, ¿cenamos? He hecho algo muy rico. Es un clásico mío, ya sabes.
- Genial, estoy hambrienta - Víctor se fue a la cocina y ella se acercó y le preguntó - Oye, ¿dónde la encontraste? - él rió tímidamente
- Hice un poco de trampa. No es la misma que perdiste - Claudia se rió.
- Lo imaginaba, si hubieras encontrado la mía me casaría contigo ahora mismo.
- Pregunté a tu madre si recordaba donde la compró y fui a ver si la tenían. Suerte que aún estaba en el catálogo ese modelo. Aunque lo tuvieron que pedir por encargo. En fin, lo importante es que lo tienes otra vez.
- Y me hace muchísima ilusión. Era algo muy importante para mí.
- Lo sé, por eso lo hice. Para que te lleves un trozo de aquí a allí.
- Es una pena que no te pueda llevar a ti entero.
- Venga ya - se miraron entristecidos - Vamos a la mesa que la comida está caliente.

Claudia y Víctor se conocían desde hacía mucho tiempo. Su relación tuvo varios altos y bajos, donde los altos eran muy altos y los bajos, muy bajos. Pero a pesar de ello habían aguantado y llegado lejos. Siempre superaban sus problemas. Como pareja no llevaban tanto tiempo juntos, pero era, sobre todo, su amistad lo que les hacía sobrellevar las malas situaciones. Ese año había sido mágico para los dos, pero a Claudia le salió una oportunidad única: su universidad le ofreció un año de estudio totalmente subvencionado en París. Ella no podía perder la oportunidad y Víctor creyó que sería bueno para ella. Ambos estaban ilusionados por todo lo que podría pasar en ese año y Víctor quería que ella se sintiera especial antes de irse. Claudia partiría al día siguiente, por lo que él quiso darle una noche inolvidable, y sin duda lo fue. Como también lo sería aquel año.

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